Por Xavier Canalís, editor de Vilanova.blog

Durante mucho tiempo, los habitantes de Vilanova i la Geltrú pensamos que el macizo del Garraf era una especie de muralla mágica. Una frontera natural que nos protegía del monstruo metropolitano de Barcelona. Pero esa montaña se está desvaneciendo porque el área metropolitana expulsa cada vez a más habitantes hacia el extrarradio. El resultado es que Vilanova absorbe cada vez a más vecinos procedentes de los municipios de la AMB. Y con ello, poco a poco, deja de ser capital del Garraf para convertirse en suburbio de Barcelona.
El problema no es el crecimiento de la población en sí, sino que este no viene acompañado de servicios ni de infraestructuras suficientes. Esa brecha se traduce en tensiones visibles en nuestra vida cotidiana.
La sanidad es el ejemplo más evidente. Llevamos años reclamando un nuevo hospital, mientras las urgencias del Sant Camil siguen saturadas y las esperas en ambulatorios para médicos y especialistas se alargan más de lo razonable. La vivienda es otro frente: la escasez de oferta asequible ha disparado alquileres y precios de compra, dejando fuera del mercado a muchas familias. También podríamos hablar del estado de las infraestructuras, muchas de las cuales se han quedado pequeñas, como la C-31 que rodea Vilanova o la carretera del pantano de Foix.

La movilidad tampoco resiste el examen. Los trenes de cercanías están plagados de incidencias y los autobuses exprés funcionan a medio gas. Mientras, miles de vecinos se desplazan cada día a otros municipios porque en Vilanova no hay suficiente empleo de calidad. Sí, abundan los servicios en la ciudad, pero con demasiada precariedad laboral. Y a todo esto se suma el debate sobre la seguridad: los recientes crímenes han sacudido a la población no solo por la brutalidad de los hechos, sino porque han reforzado la sensación de que la ciudad ya no es la misma que conocimos de pequeños, ni la misma a la que muchos llegaron hace dos décadas.
Vilanova podría acabar pareciéndose a esas ciudades de extrarradio que rodean a las grandes capitales. Y es cierto: las hay de muchos tipos, desde barrios humildes y degradados hasta municipios residenciales de clases medias o medias-altas. Pero ese no debería ser nuestro debate central, porque aceptar esa disyuntiva sería, de entrada, resignarse a ser un simple suburbio. Ese marco mental, además, favorecería a ciertos intereses, como grandes compañías inmobiliarias, que lograrían grandes beneficios si Vilanova se resigna a ser, efectivamente, una ciudad dormitorio.
El verdadero debate es otro: cómo conseguir que Vilanova conserve parte de lo que fue, ese espíritu industrial, emprendedor y cultural que le dio identidad propia. Ante la batalla que se avecina, será necesario que sociedad civil y partidos políticos lleguen a acuerdos, aunque impliquen algunas renuncias impuestas desde la Generalitat o el área metropolitana, para obtener a cambio avances reales en servicios, cohesión y oportunidades. Ese es el rumbo por el que vale la pena luchar.
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